FATAL CONTRATIEMPO

Són històries que han creat els alumnes de 3r d´ESO a partir de l’observació d’un personatge del carrer al qual li crean una vida.

FATAL CONTRATIEMPO

Raúl Coll Lombard nace el 17 de mayo de 1992 en la Clínica Planas. Tras un parto algo difícil, se deja ver el que es ya el tercer hijo de Monique y José.

Raúl es un bebé grande; de ojos azules, despiertos y almendrados; piel tostada; manos húmedas y ágiles; labios rosados y expresión fresca, simpática y franca. Es difícil saber a quién ha salido.

Es un niño inteligente y hábil, pero muy cabezota y protestón.

Pasa muchas tardes con su abuela, cosa que le encanta, pues siempre le deja correr por el descampado que hay al lado de su casa.

Un tarde, Monique se sorprende al ver que su hijo ha acondicionado una parte del terreno como si de una pista de atletismo se tratase.

Tiene diez años y una energía desbordante. Va y viene, no para. Quiere hacerlo todo, ir por todo y ayudar a todos, pero siempre corriendo.

Unas navidades, su padre le regala una camiseta del atleta estadounidense Carl Lewis, su ídolo. Al cabo de un mes, comienza a arrepentirse, pues no se la quita de encima.

No es hasta los doce años cuando deciden que su hijo practique este deporte. Y no tarda en destacar. Raúl comienza a ahorrar para nuevas zapatillas, mallas y camisetas. Empieza a llenar las paredes de su cuarto con pósters de grandes atletas de la época.

En el pueblo ya le conocen todos. Es más, si tienen que hacer un recado o mandar un paquete, llaman a Raúl.

Cuando el joven cumple los trece, llega un nuevo miembro a la familia: Dick, un cachorro de pastor alemán que llega a hacerse enorme, fuerte y, ante todo, es fiel a su amo.

Raúl es un buen compañero, en clase todos le aprecian y nunca busca peleas.

Es algo perezoso, pero saca buenas notas.

De aquella época guarda alguna anécdota graciosa. Recuerda el día que, con un buen amigo, trepó el balcón de su vecina a las dos de la madrugada para coger a su rabioso gato y teñirle el pelo con spray rosa; hasta que un ruido lo delató.

O el día que, con otro amigo, solos en casa, comenzaron a beber chupitos hasta terminarse la botella. Cogieron una borrachera y, al llegar sus padres, los encontraron bailando sobre el tejado de su casa envueltos en papel higiénico.

Ya con quince años, Raúl tiene medalla de oro a nivel autonómico y compite a nivel nacional, con muy buenos resultados: varias medallas de plata. Es un chico muy exigente. Cada día trabaja para conseguir lo que se propone. Entrena bastantes horas al día y sigue una dieta acorde con su deporte. Además, para ganarse algún dinero, hace recados, corta el césped y, alguna que otra vez, hace de canguro. Aunque descubre que esto último no es lo suyo.

Dos años después, su fiel compañero de fatigas, Dick, muere al ser atropellado por un camión que maniobraba en las obras de la calle de enfrente de su casa. Raúl, además de sufrir su pérdida, se siente culpable, pues el perro fue tras la pelota que él le lanzó.

Después de pasar una temporada difícil, vuelve a ser, poco a poco, el de antes. Por esa época recibe una carta llamándole a competir a nivel internacional. Eso requiere más esfuerzo y más entrenos. Por lo que, a partir de ese momento, se centra de nuevo en los estudios y, sobre todo, en el atletismo.

A Raúl la vida le sonríe, no puede quejarse de nada. Es un chico muy querido. Su familia le apoya y sus amigos de verdad nunca se separan de él. Es muy afortunado y cada día da gracias por ello. Pero, a veces, las desgracias llegan a quien menos las espera y a quien no las merece. Y él es un ejemplo de ello.

Es 19 de octubre de 2005 y las olas de frío que corren por las calles de Palma ponen la piel de gallina a cualquiera. No hay charcos de agua, hay montones de hojas caídas de los árboles.

Muchas bicicletas pasean por el centro y los parques están más llenos que nunca. Un sábado, como muchos, para Raúl. Se pone el traje de entreno y, esta vez, por su cuenta, decide correr por Palma; así como puede hace cualquier otro chico de dieciocho años. Calienta un poco y se pone en marcha. Encuentra, como de costumbre, a algunos vecinos. Saluda a la dueña del horno de la esquina, al chico de Correos que tanto le admira y a Mario, un amigo del instituto que ahora trabaja dos calles más abajo que él.

Lleva ya una hora corriendo cuando, en un paso de cebra, le parece ver a Don Fabián, su antiguo profesor de historia. Ya no recuerda nada más.

Tres semanas más tarde está en su casa.

Un accidente. Muchas voces. Ambulancias. Sirenas. Ruido. Caos. Un joven borracho pierde el control. Dolor. Eso es lo que, resumidamente, le explican para que entienda por qué debe ir en silla de ruedas.

Raúl no lo asimila. ¿De verdad ha pasado? ¿Realmente es él? ¿Es un sueño? No ha derramado ni una sola lágrima, pues no se ha hecho a la idea de qué está ocurriendo. Está en el limbo, se encuentra perdido. No se siente él. Muy a menudo tiene ataques de impotencia, necesita correr, desahogarse, pegar golpes, patadas, chillar. Así que su humor cambia con todo.

Reza cada noche para despertarse de esto. Se lanza libros encima de las piernas para sentirlas. Hace de todo y más. Parece un niño dentro de medio cuerpo de diecinueve.

Con el tiempo, Raúl pasa de ser admirado y querido por todos a ser compadecido. Él no soporta los “siento lo que ocurrió” o “pobrecito”.

Él se siente un estorbo. Piensa que cansa y molesta. Dice que es un chico sin futuro. Su autoestima está por los suelos.

Acostumbra a ir a un bar cerca de casa, a pedir cada mañana el mismo desayuno, a dar la misma vuelta. Acostumbra a pensar y recordar las mismas cosas y a escribirlo todo. Es curioso: él amaba la rutina, ahora la odia. Se llega a odiar a sí mismo.

~

Un 24 de enero la ve por primera vez.

Ella es alta, pálida, de cabello liso y castaño claro; de movimientos delicados. No es una chica tampoco muy atractiva, pero a Raúl le llama la atención. Nunca se ha enamorado de nadie, así que no sabe qué le ocurre. No puede evitar mirarla; cuando se acerca a la barra, cuando se sienta y cuando hace “sopas de letras”.

Al día siguiente vuelve, y al otro. Y Raúl ya no va solo al bar para no estorbar en casa, sino para verla a ella. Solo para observarla.

~

Pasado un mes de aquel 24, Raúl no se conforma con verla desde la otra punta de la cafetería. Pero él es tímido; ahora, más que nunca. Tiene un gran complejo y se dice a sí mismo que jamás le hablará. Prefiere no conseguir nada a, según él, una risas de burla.

Así que coge una libretita y comienza a imaginarse una conversación con ella. Y va redactándola. Se imagina toda una historia. Plasma las imágenes de su cabeza en el papel. Y así es como pasa las mañanas: llega una hora antes de la, siempre puntual, llegada de la joven y marcha una hora después que ella.

~

Un día, aparentemente como los demás, Raúl pide su café y sus tostadas en el bar.

  • Raúl, hijo, ¿qué apuntas en ese cuadernillo que siempre llevas encima? –pregunta Federico, el dueño del café y buen amigo del chico.
  • Ah, bueno, nada de mucha importancia…
  • Tenéis la misma edad.
  • ¿Cómo? ¿Quién?
  • La joven Raúl, Leire.
  • No sé…
  • Sí –le interrumpe- sabes de quién te hablo.
  • Buenos días –interrumpe una voz dulce y femenina.
  • Buenos… -llega a decir Raúl.
  • Buenos días, hija.Lo de siempre, Fede.

Leire y Raúl se quedan mirando el uno al otro, olvidándose por un momento de su entorno.

  • Siempre te veo en el fondo desayunando. Si no es mucha indiscreción, ¿qué apuntas siempre en ese cuaderno?
  • Ay, no sé si es buena idea,… aunque… me parece mejor que lo leas tú misma.

Ese día se sientan juntos. Pasan horas hablando, contándose anécdotas e ilusiones. Organizando proyectos. Tal vez es lo que Raúl necesita. Su medicina no es “algo”, es “alguien”. Y la ha encontrado.

  • Hoy invito yo –dice Raúl. Por favor, deja que lo haga.
  • Sí. Pero mañana me tocará a mí- dice Leire esbozando una sonrisa.

Laura Cladera