Continúa el comienzo literario de El viejo y el mar de Ernest Hemingway.

Continúa el comienzo literario de El viejo y el mar de Ernest Hemingway.

Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez.

Los recursos escaseaban. El pescador, llamado Michael, estaba desesperado por pescar, aunque fuera una mísera gamba, pero seguía sin tener suerte. Aunque fuera un hombre con mucha paciencia, ya no aguantaba estar más en ese bote sin que picase algo. Seguía desplazándose hacia el norte del Atlántico a causa de la corriente del Golfo, pero no veía tierra firme, ni siquiera sabía hacia dónde tenía que ir para encontrarla.

El bote era pequeño y blanco, no muy bonito, pero tenía lo necesario para navegar. Le quedaba poca agua y comida, y no la podía desaprovechar, aunque a medida que pasaba el tiempo, su sed le arrastraba cada vez más y más hacia la locura. Cada vez que levantaba la cabeza, lo único que veía era agua y más agua, azul e interminable, y cuando miraba su caña; nada. Tenía un palo con un hilo enganchado y, al final, un cebo para pescar peces, ¿peces?, ¿dónde estaban los peces?, porque no veía ninguno hacía ochenta y cuatro días. En realidad no sabía si eran ochenta y cuatro, cien, doscientos; había perdido la cuenta.

Ya casi era de noche. Estaba cansado y se intentó dormir. Cinco segundos después de estirarse para descansar, oyó un fuerte golpe que hizo retumbar el barco. Se alteró mucho. No sabía qué eran los golpes, hasta que se dirigió hacia el borde del barco y observó. Vio que un tiburón impactaba contra el bote y, de repente, el tiburón dio un enorme salto para intentar agarrar con su terrorífica boca la cabeza de Michael, pero, por suerte, no lo consiguió. Michael entró en la cabina del bote para coger un arpón que tenía dentro para intentar matar a la bestia. Volvió a dirigirse hacia el borde del barco y comenzó a clavarle el arpón una y otra vez hasta que el animal se fue. A Michael le preocupaba que volviese con más tiburones para intentar hundirlo, pero aun así volvió a estirarse para dormir. La caña empezó a temblar; parecía que había picado algo.

Michael cogió la caña con fuerza y tiró, pero le costaba mucho tirar a causa de la fuerza del pez. Y, además, iba perdiendo el equilibrio por el movimiento del bote que causaban las olas y el fuerte viento. Fue una larga lucha, pero al final consiguió pescar. Su cuerpo se sumergió en el alivio pero, un momento…

Seguía estando en mitad del mar.

 

Pau Toribio 2n ESO